1)Necesidad:
Falta o carencia de las cosas indispensables para subsistir.
Bienes:
En economía, objeto o prestación que satisface una necesidad humana. Es sinónimo
de riqueza y de valor de uso.
Oneroso:
Que cuenta dinero.
Trueque:
Cambio.
Permuta:
Cambio.
Cuño:
Troquel o sello con el que se imprime.
Riqueza:
Abundancia de bienes, prosperidad.
2)LA HISTORIA DE LA ECONOMÍA
Las
grandes revoluciones económicas han sido también revoluciones sociales y
culturales, ya que la economía constituye en sí misma uno de los principales
hilos conductores de la historia de la humanidad.
La antigüedad: Los
primeros hombres atendían sus necesidades de su supervivencia mediante la caza,
la pesca y la recolección de frutos silvestres. Durante milenios, las
primitivas sociedades de cazadores y recolectores mejoraron sus técnicas e
inventaron herramientas que les permitieron una mejor satisfacción de sus
necesidades, sin que ello supusiera, sin embargo, ninguna evolución
significativa en la historia de la humanidad.
No
obstante, con posterioridad al año 10.000 a.C. tuvo lugar en el medio oriente
la primera gran revolución económica de la historia. El hombre aprendió y
practicó las primeras técnicas agrícolas y cambio su condición anterior de nómada
por la de sedentario. Surgieron así los primeros núcleos estables de población.
El aumento de producción mediante la mejora de las técnicas agrícolas, la
extensión de los cultivos y la domesticación de animales permitió la
acumulación de los primeros excedentes económicos y ello hizo posible, a su
vez, una incipiente división del trabajo y el nacimiento del comercio. Este
acontecimiento trascendental, que haría posible la aparición de las antiguas
civilizaciones -mesopotámicas y egipcia en primer lugar; americanas y del
lejano oriente más tarde-, ha recibido el nombre de revolución neolítica.
De la revolución agrícola a la revolución industrial: Desde
que el hombre aprendió las técnicas agrícolas hasta que se produjo la segunda
gran revolución económica de la historia, la revolución industrial, se
sucedieron milenios durante los cuales, a pesar de la importancia de los
descubrimientos técnicos y de la sucesión de diferentes sistemas sociales de
producción, la historia de la humanidad no experimentó, desde el punto de
vista económico, ninguna transformación esencial y siguió dependiendo
fundamentalmente de la agricultura.
En
efecto, a la adquisición de los primeros rudimentos agrícolas sucedió una
serie de descubrimientos que significaron una mejora progresiva de la
productividad. Así, por ejemplo, la aparición de la rueda y del arado, las técnicas
de irrigación, fertilización y rotación de los cultivos, la invención de la
herradura -que hizo posible una mejora espectacular en la utilización de la
tracción animal-, del telar y la navegación a vela, entre otras conquistas técnicas,
constituyen hitos de gran importancia en la historia de la economía de la
humanidad. Del mismo modo, la adquisición de las técnicas de fundición y
trabajo de los metales -cobre, estaño y plomo entre el 5.000 y el 3.000 a.C.;
hierro en los comienzos del primer milenio- significó un nuevo salto adelante
para la agricultura y para las técnicas de guerra. Sin embargo, como se ha
dicho, la población humana siguió dependiendo de los recursos agrícolas en su
inmensa mayoría e incluso en la Gran Bretaña de principios del siglo XVIII,
cuando ese país estaba a punto de iniciarla revolución industrial, un 80 % de
la población vivía directamente del trabajo de la tierra.
Al
esplendor de las antiguas civilizaciones mesopotámicas sucedió, desde el 500
a.C., el de Grecia, primero, y el de Roma después. Si la utilización de
esclavos para asegurar las tareas productivas se había iniciado mucho tiempo
antes -obtener esclavos era uno e los principales alicientes de las guerras-,
Grecia y Roma recurrieron a ellos de manera sistemática, hasta el punto de que
constituyen ambas el mejor ejemplo
de lo que se ha dado en denominar sociedades esclavistas, surgidas con el
desarrollo de las fuerzas productivas y la importancia creciente de la propiedad
privada.
Sin
embrago, el esclavismo, una de las principales bases de aquellas civilizaciones,
sería también una de las causas fundamentales de su decadencia, dado que el
escaso costo de los esclavos como fuerza de trabajo frenó la aparición de
nuevas técnicas y supuso a la larga un fuerte descenso de la productividad.
Con
la disolución del Imperio Romano se inició en Europa la gestación de un nuevo
sistema de organización social, el feudalismo, caracterizado, desde el punto de
vista económico, por la supeditación de los siervos a su señor y por la
entrega a éste parte de las cosechas, a cambio de la protección de tierras y
personas. Aunque en su esencia económica el feudalismo europeo no presenta
diferencias fundamentales con los principales sistemas sociales que le fueron
contemporáneos, su importancia resulta sobresaliente por el hecho de que fue en
su seno donde nació y se desarrolló un nuevo grupo social, la burguesía, que
acabaría transformando en profundidad la economía y la historia humana.
La
atomización del poder característica del feudalismo, junto con la recuperación
de la economía europea y el consiguiente auge del comercio, permitió el
surgimiento de núcleos urbanos libres (burgos), cuya principal y obligada
actividad era la manufactura de bienes no agrícolas, el comercio y las
finanzas. Con el tiempo, la burguesía adquiriría una importancia de primer
orden en la economía europea, protagonizaría el espectacular desarrollo del
comercio que siguió a los grandes descubrimientos geográficos de los siglos XV
y XVI, acumularía los capitales necesarios para el nacimiento de la revolución
industrial y haría posible, en fin, el nacimiento del capitalismo.
La revolución industrial: La invención de máquinas no es algo distintivo de las modernas
sociedades. Ya en la antigüedad se crearon algunas, y culturas con altos
conocimientos técnicos, como la romana, desarrollaron notables artilugios mecánicos.
Hasta tiempos recientes, sin embargo, nunca se utilizaron de modo generalizado
y, con excepción de las que servían directamente a la explotación agrícola
-norias y molinos de agua, por ejemplo-, no llegaron a ser más que ingeniosos
juguetes. Ello fue así, fundamentalmente, porque la escasa demanda de bienes de
las antiguas sociedades hacía innecesario su uso.
No
obstante, la situación a principios del siglo XVIII era muy diferente. El ya
citado desarrollo del comercio consiguiente a la colonización europea hizo
creer la demanda de bienes manufacturados hasta el punto de que ya sólo una
producción intensiva podía satisfacerla. La utilización generalizada de máquinas
era desde ese momento una necesidad.
Fue
en la Gran Bretaña donde, desde mediados del siglo XVIII, se inició la
revolución industrial. Las grandes invenciones que la hicieron posible fueron
el telar de lanzadera y la máquina de hilar algodón, en la industria textil;
la máquina de vapor, fundamental para la industria y el ferrocarril; y las
nuevas técnicas de extracción de carbón y de transformación del mismo en
coque (utilizado principalmente en la industria siderúrgica), que aseguraron
las fuentes necesarias de energía para la naciente industria.
Con
la revolución industrial, que en menos de cien años se extendió por Europa y
los Estados Unidos, y en la primera mitad del siglo XX por todo el mundo, la
agricultura incrementó enormemente su productividad, al tiempo que su
importancia relativa en la economía iniciaba un rápido descenso, hasta el
punto de que en la actualidad representa para muchos países menos de un 20 % de
su producto nacional. Dos de las principales manifestaciones de la profunda
transformación que la revolución industrial operó en las sociedades humanas
fueron el espectacular crecimiento de la población mundial -que se ha calculado
alcanzaba en 1.750 la cifra de unos 750 millones y superó en la segunda mitad
del siglo XX los 5.000 millones- y la mejora de su bienestar material.
Evolución de la economía desde la revolución industrial: A
partir del inicio de la revolución industrial, las fuerzas productivas de la
sociedad humana experimentaron un crecimiento geométrico. Moderadamente se han
acuñado las expresiones segunda y tercera revolución industrial para referirse
a dos etapas fundamentales de ese proceso.
La
segunda revolución industrial habría comenzado en las últimas décadas del
siglo XIX con la invención del motor de explosión, que daría lugar al
espectacular desarrollo de la moderna industria automovilística, la
popularización del acero, la aplicación industrial y doméstica de la energía
eléctrica y la invención del teléfono y de la radio, innovaciones estas últimas
que iniciaron una revolución en el mundo de las comunicaciones. La industria
experimentó así profundas modificaciones. La industria experimentó así
profundas modificaciones: se agudizó la tendencia, surgida hacía ya tiempo, a
la concentración industrial; aparecieron los grandes monopolios y Europa afianzó
su dominio colonial sobre el mundo en la búsqueda de materias primas y nuevos
mercados para su industria.
La
tercera revolución industrial, iniciada a mediados del siglo XX, se caracterizó
por la aparición de las computadoras, u ordenadores, y por la automatización
creciente de los procesos industriales y administrativos. La población laboral
concentrada en la industria transformadora, hasta entonces el más importante
sector económico, empezó a descender en beneficio del llamado sector terciario
(servicios).
Si
la segunda y, más aún, la tercera revolución industrial significaron la
disminución del número de horas de trabajo, la ampliación de la edad de
escolarización obligatoria y el aumento en general del tiempo que los hombres
pueden dedicar al ocio y a la cultura, estos beneficios no se repartieron, sin
embargo, de manera igual entre todos los países, y los desequilibrios entre
estados pobres y ricos siguieron siendo profundos. Por otra parte, la explotación
intensiva e incontrolada de los recursos naturales tuvo como consecuencia un
grave deterioro del entorno ecológico, que despertó la conciencia de las
sociedades y de sus gobernantes e hizo posible la puesta en marcha de políticas
y legislaciones encaminadas a asegurar una mejor protección de la naturaleza.
Las
llamadas segunda y tercera revolución industrial no deben considerarse en sí
mismas como nuevas revoluciones en la vida económica de los pueblos y los países,
sino como la maduración del proceso que se inició con la primera revolución
industrial y como etapas necesarias de la misma. Efectivamente, lo sustantivo en
los últimos siglos de la historia económica de la humanidad que es, como se ha
dicho, el paso de la sociedad agrícola a la industrial, la liberación
espectacular de las fuerzas productivas del hombre y el inicio, con ello, de un
nuevo y trascendental capítulo en la historia de la humanidad.